viernes 5 de octubre de 2012
Debo matizar mi juicio. Hemos estado paseando por Miraflores
y la ciudad aparece algo más bonita que ayer.
Sin duda influye en ello no los impersonales edificios sino la cantidad
de bellos y extremadamente cuidados parques y jardines y la limpieza de sus
anchas avenidas. Aunque cuando me llama la atención el estilo de un determinado
café descubro, ante las risas apenas contenidas de Clara, que se trata de un
Starbucks.
Ha llovido de madrugada y por ello tardamos algo más en
sufrir el habitual bochorno. Nuestra primera visita es a las excavaciones de
Huaca Pucllana, un centro ceremonial de adobe que data del siglo V. En una
ciudad donde casi todos sus edificios han sido reconstruidos más de una vez, no
deja de asombrar su supuesta antigüedad.
Luego hemos seguido hasta el mar, visitando Wayra, una
tienda de artesanía ¡bonita!, y El Virrey, una muy agradable librería que
alberga también una cafetería, lo que nos ha permitido hacer uso del baño sin
arriesgarnos a utilizar uno de los que ponen a disposición del público (previo
pago: 0,30 soles, urinario; 0,50 soles, papel) las numerosas playas
(aparacamientos).
Al borde del océano, gris y melancólico, algo parecido al
que se muestra en “Vértigo”, en el que un buen número de surfistas se enfrentan
a las escasamente amenazadoras olas, admiramos uno de los hits turísticos de la
localidad: El Parque del Amor. Bordeado de un banco de trencadís al más puro estilo Gaudí (cortesía de cerámicas Mercedes)
en el que se reproducen versos de poetas como Alberti y nombres de parejas
(heterosexuales), culmina en un pequeño anfiteatro presidido por una imponente
estatua de bronce, obra del acreditado artista de reputación internacional
señor Víctor Delfín, titulada El Beso en la que un hombre y una mujer,
decentemente vestidos, se entregan a un efusivo abrazo. El monumento fue
inaugurado por el alcalde de la villa el día de San Valentín de 1993.
| Jorge en Manolo's, frente a su club sandwich de seis pisos. ¿Por qué está la foto donde no debe? |
Escribo en el aeropuerto a la espera de la salida del vuelo
que nos llevará a Arequipa junto a Clara, embebida en la lectura de “50 sombras
de Grey”. Me pide, me suplica, que silencie el título de tan distinguida novela
pero, por supuesto, no le hago caso. Yo también la leí -¿con la excusa de un
editorial para Qué Leer?- este verano y comprendo su afán de discreción.
Tras atravesar un puente provisto de (espantosas) mamparas
de plásticos antisuicidios pasamos por delante del Marriott, el hotel más caro
de Lima, tomamos la avenida de Vasco Núñez de Balboa y, casi sin proponérnoslo,
nos encontramos ante las puertas del Tanta, el restaurante de una línea más
sencilla creada por Gastón Acurio.
Si la cena de ayer constituía una experiencia, en la estela
de las popularizadas por Ferran Adrià, la comida de hoy ha sido simplemente una
gozada sin límites. Hemos tenido, además, el acierto de llegar apenas pasadas
las doce y media, con lo que la mesa elegida ha sido la mejor del restaurante.
Cuando abandonamos el local, una larga cola de clientes esperaba pacientemente
su turno, sentados algunos en el suelo, estudiando la carta prometedora de
multiorgasmos gastronómicos mientras hilillos de saliva recorrían sus
barbillas.
Como mi reciente hepatitis me impide aún probar el alcohol y
mientras Clara se premia con un pisco sour, opto por un delicioso Jugo Amazónico,
compuesto por zumo de piña, carambola y camu camu. Seguimos sin escarmentar y
olvidamos el tamaño gigantesco de las raciones peruanas. Tras compartir (con
dificultad) unas maravillosas yuquitas
dos texturas, Clara opta por unos paradisíacos raviolis de asado (en su
juguito de vino tinto, mostaza y parmesano) y yo por unos tallarines Huachano,
como a la carbonara pero sustituyendo el bacon por una butifarra andina. Ella
eligió mejor aunque yo la supero en los postres pues mi esfera de chocolate
(con núcleo de coco y almendras) supera con creces su tarta de limón. Salimos
hacia el aeropuerto con el estómago peligrosamente lleno. La nerviosa
conducción del taxi no ayuda a aposentar nuestras digestiones.
Me agradaría añadir unas cuantas anotaciones referentes al
viaje y estancia en Lima:
1- Las
aeromozas de KLM siguen llevando el mismo uniforme de los años 50. Su única
muestra de puesta al día es que algunas de ellas llevan pantalones en lugar de
falda tubo.
2- “Escenas
de un matrimonio” de Ingmar Bergman se publicita en un teatro de Lima como una
¡divertida comedia!
3- Casi
todas las casas unifamiliares de Miraflores están dotadas de rejas coronadas de
agresivas puntas y de cercas por donde circula la corriente eléctrica.
4- Bancos,
restaurantes y comercios poseen un numeroso (y educadísimo) personal.
5- Frente
a los ruegos familiares de que no destacara por la eventual distinción de mi
ropa, compruebo que he acertado al adoptar el dress code de los turistas europeos de medio pelo: forro polar,
bambas y tejanos (el bolso de Prada me lo pongo del revés para ocultar la
marca).
A punto de embarcar para
Arequipa, Clara sigue indignándose (en voz alta) de las incongruencias y
tópicos de E.L. James. Yo estoy embebido en “La bibliotecaria de Auschwitz” de
Toni Iturbe, una novela basada en hechos reales que consigue ser entretenida,
emocionante e instructiva. No esperaba menos de él.
Ya estamos en Manolo’s, un
restaurante de ambiente retro según la guía pero yo diría más bien setentero -y
Clara lo califica de Twi
n Peaks a la peruana- donde yo he pedido un club sándwich y Clara, que se está encontrando fatal por el mal de altura, un mate de coca.
n Peaks a la peruana- donde yo he pedido un club sándwich y Clara, que se está encontrando fatal por el mal de altura, un mate de coca.
Tras el impacto estético de Lima
uno queda avasallado por la belleza de esta ciudad con sus patios maravillosos
y sus elegantísimas tiendas aunque apenas hemos tenido tiempo de vislumbrarlas
dado lo tarde que hemos llegado. Nuestro hotel, la Posada del Monasterio de San
Agustín, es de mayor categoría (y precio) que el de Miraflores y tiene unas
excelentes vistas sobre el convento de Santa Catalina. Hemos tenido un pequeño contratiempo al intentar localizar
nuestra posición en el mapa pues no acaba de coincidir el planito proporcionado
por el hotel y el de la guía. Nerviosos, nos hemos sentado en un banco para
descifrar el enigma. En realidad, el mapa que utilizaba Clara –mal de altura,
je, je- era el de Cuzco.
Me acaban de traer un club sándwich.
No tenía hambre. Pero su tamaño es (como comprobaréis por la foto) gigante. Me
despido. Bed time, como diría mi admirada
Carmen Lomana.
Clara,
algo restablecida por la coca, me dice que me ayudará a comerme el bocadillo.
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