sábado, 6 de octubre de 2012

Arequipa, no hay color

sábado 6 de octubre de 2012

Padre e hija en el monasteriode Santa Catalina, fotografiados por un amable turista.
Nuestra impresión de ayer, ante la belleza del centro histórico, continúa. El hotel, además, está en un lugar privilegiado. Desde el balcón de nuestra habitación se ve el volcán Chachani y la calle en la que se halla tiene una sucesión de bellísimas casas con patio, algunas de ellas convertidas en hoteles o restaurantes. En frente se encuentra el convento de Santa Catalina, patrimonio cultural de la humanidad y sin duda la principal atracción turística de Arequipa. Es como una pequeña ciudad, con sus calles y claustros. En sus celdas -algunas de ellas, auténticas suites- vivían antaño las monjas con sus criadas y esclavos (negros). Todas ellas tenían sus cocinas, con sus hornos, y salones en los que recibían a músicos y amistades (eso debía ser en las épocas de relajo pues se supone que era un convento de clausura). Las novicias debían proceder de familias adineradas dada la elevada cuantía de la obligatoria dote.
Lo más bonito del conjunto son los colores -azul, rojo, amarillo- con que están pintados los patios y los árboles y flores de sus claustros. Hay una musiquita ambiental, como de cánticos celestiales, de lo más apropiado. Las guías lugareñas lucen estrictos uniformes granates y elegantes pamelas de paja.
Tras una larga caminata hasta un restaurante recomendado, este no servía comidas porque el cocinero no se había presentado (?). Por suerte, hemos acabado comiendo en la terraza del Mixto's desde donde disfrutamos de la vista sobre el volcán Misti y las torres de la catedral mientras nos zampábamos un  cangrejo relleno camarones (yo) y un chaufa -arroz frito- también con camarones (Clara). A nuestro lado almorzaba un grupo de españoles. Han resultado ser  La Oreja de Van Gogh, que venían de Lima, actúan hoy aquí y el lunes en Cuzco. Por cierto, Leire está absolutamente colgada del móvil y no para de utilizar el Skipe y chatear.
Hemos visitado la catedral (bastante anodina aunque con un órgano espectacular) cuyo mayor interés el su pequeño museo, con magníficas joyas, custodias y objetos religiosos de plata. A continuación hemos paseado por el tejado, junto a las campanas, acompañados de un guía jovial y que hablaba a una velocidad espasmódica.
Completamos la tarde visitando las iglesias de la Compañía (de Jesús), con sus altares churriguerescos, Santo Domingo y San Agustín antes de volver al hotel un tanto cansados. En estos momentos, mientras en el televisor se suceden las imágenes de "Cuatro bodas y un funeral" -en v.o. subtitulada- hacemos boca para cenar en el Chi Cha (otro restaurante de Gastón Acurio) que me imagino será nuestra perdición. Clara, que por la mañana tuvo la idea de ponerse unas botas que no había utilizado desde su viaje a Costa Rica, relaja sus pies con unos calcetines cuya planta lleva un gel con vitamina E, aceite de jojoba, aceite de oliva y té verde que se compró en el aeropuerto de Ámsterdam.
Olvidaba decir que hace mucho calor -aunque en la sombra se esté muy fresco- y el sol quema que es un gusto. Estamos morenísimos.

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