miércoles 10 de octubre
Por fin se le ha pasado a Clara el mal de altura. Está llena
de energías y soy yo ahora el que resuella en las cuestas pero me temo que no
por culpa del soroche sino de los años.
Teníamos planeada una excursión de medio día a los bancales
de Moray y las salinas. Tras comprar una tarjeta de memoria para la cámara de
Clara pues la que tenía se le desformateó ayer noche –con lo que quizás haya
perdido todas las fotos del Machu Picchu- nos fuimos a la agencia donde
habíamos comprado el tour. Muy amablemente nos sacaron sendas sillas a la calle
para que esperásemos con comodidad nuestro autocar. Las pobres chicas que
organizaban las salidas iban un poco de cabeza. Nos llevaron a un minibús, nos
hicieron subir a él, después bajar y volver a subir a un segundo. El chófer de
este se negó a salir pues al parecer no le habían pagado. Finalmente llegó el
guía, que arregló el asunto.
Hicimos una parada técnica –oficialmente para usar los SS.
HH. (Servicios Higiénicos) pero en realidad para visitar un centro de
artesanía- donde unas campesinas nos hicieron una exhibición de lavado y
tintado manual de lana mientras nos servían mate de coca. Lo curioso es que
todas las prendas que se vendían allí estaban hechas a máquina.
Los bancales de Moray están tallados en círculos
concéntricos y cada capa posee su propio microclima. Dicen que los incas los
utilizaban como una especie de laboratorio a fin de determinar las condiciones
óptimas de cultivo de cada especie vegetal. El mayor y más espectacular de
ellos ha sido reconstruido en un sesenta por ciento; los otros dos se conservan
como fueron encontrados y su encanto es por ello mayor.
Más tarde nos trasladamos a unas salinas cercanas. Una
fuente de agua termal en lo alto del valle se convierte en un riachuelo de agua
muy salada que es desviada hacia las salinas para llenar pequeñas parcelas de
unos cinco metros cuadrados de superficie y diez centímetros de profundidad de
donde se saca la sal una vez evaporada el agua.
En el camino de vuelta a Cuzco, los cerros aparecían
cubiertos por una gruesa capa de granizo. Por fortuna en la ciudad –donde estos
bruscos cambios de tiempo suelen ser habituales- tan solo lloviznaba
ligeramente.
Eran las cuatro de la tarde, no la mejor hora para que nos
dieran de comer. Decidimos pues ir a una cafetería que se calificaba en la guía
como la más moderna de Cuzco, Muse, pero había cambiado de localización. Nos
indicaron dónde y allí nos dirigimos. Es el clásico local puesto con cuatro duros pero con mucha gracia, con
sus sofás de cuero, mesas bajas, rincón wifi y pequeño escenario para
actuaciones en vivo (esta noche salsa cubana) y frecuentado por el turisteo
bohemio. Sirven desayunos y cócteles, ensaladas y platos de pasta, cocina
andina y deliciosos postres caseros. Clara se zampó un ají de gallina y yo una
lasaña de verduras. Para terminar, un pastel de limón cubierto de merengue.
¡Qué maravilla! Regenta el restaurante una inglesa como de cincuenta años,
rubia y estilosa, que ya ha abierto otro espacio similar en San Blas.
Una vuelta por la plaza de las Nazarenas, donde se encuentra
el lujosísimo hotel Monasterio (de la compañía Orient Express) y un grupito de
caras boutiques, para bajar a continuación por la avenida del Sol, la principal de la
ciudad donde se encuentra el Palacio de Justicia, la facultad de Derecho y
Correos, hasta el enorme Centro Artesanal en el que nos entregamos al arte del
regateo. Ahora descansamos en el hotel antes de cenar en el Cicciolina que,
pese a su nombre picante, pasa por ser uno de los mejores restaurantes de
Cuzco.
Acabamos de volver de cenar. El restaurante es muy bonito, paredes pintadas de rojo oscuro, espejos, grandes óleos, cómodos canapés. La comida -de fusión-, exquisita: hemos compartido una conchitas de mariscos y Clara se ha tomado unas tagliatelle cuatro pimientas con pollo y no sé cuántas cosas más; yo, un arroz caldoso mar y montaña con mariscos y cuy. De postre, cacillo de mousse de chocolate con galletas. El café, impecable; el servicio, ejemplar. Lo más curioso de todo es que el nombre del restaurante se refiere a la célebre actriz porno (y ex diputada), cuya foto preside la barra del bar. Ante nuestra sorpresa por lo poco que pega que una señora de sus características se asocie a un establecimiento tan distinguido, la (guapa) camarera nos contesta que todo es una cuestión de marketing (?).
| Clara tomando energía en los bancales de Moray. |
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