miércoles, 10 de octubre de 2012

Mucha energía

miércoles 10 de octubre

Por fin se le ha pasado a Clara el mal de altura. Está llena de energías y soy yo ahora el que resuella en las cuestas pero me temo que no por culpa del soroche sino de los años.
Teníamos planeada una excursión de medio día a los bancales de Moray y las salinas. Tras comprar una tarjeta de memoria para la cámara de Clara pues la que tenía se le desformateó ayer noche –con lo que quizás haya perdido todas las fotos del Machu Picchu- nos fuimos a la agencia donde habíamos comprado el tour. Muy amablemente nos sacaron sendas sillas a la calle para que esperásemos con comodidad nuestro autocar. Las pobres chicas que organizaban las salidas iban un poco de cabeza. Nos llevaron a un minibús, nos hicieron subir a él, después bajar y volver a subir a un segundo. El chófer de este se negó a salir pues al parecer no le habían pagado. Finalmente llegó el guía, que arregló el asunto.
Hicimos una parada técnica –oficialmente para usar los SS. HH. (Servicios Higiénicos) pero en realidad para visitar un centro de artesanía- donde unas campesinas nos hicieron una exhibición de lavado y tintado manual de lana mientras nos servían mate de coca. Lo curioso es que todas las prendas que se vendían allí estaban hechas a máquina.
Los bancales de Moray están tallados en círculos concéntricos y cada capa posee su propio microclima. Dicen que los incas los utilizaban como una especie de laboratorio a fin de determinar las condiciones óptimas de cultivo de cada especie vegetal. El mayor y más espectacular de ellos ha sido reconstruido en un sesenta por ciento; los otros dos se conservan como fueron encontrados y su encanto es por ello mayor.
Más tarde nos trasladamos a unas salinas cercanas. Una fuente de agua termal en lo alto del valle se convierte en un riachuelo de agua muy salada que es desviada hacia las salinas para llenar pequeñas parcelas de unos cinco metros cuadrados de superficie y diez centímetros de profundidad de donde se saca la sal una vez evaporada el agua.
En el camino de vuelta a Cuzco, los cerros aparecían cubiertos por una gruesa capa de granizo. Por fortuna en la ciudad –donde estos bruscos cambios de tiempo suelen ser habituales- tan solo lloviznaba ligeramente.
Eran las cuatro de la tarde, no la mejor hora para que nos dieran de comer. Decidimos pues ir a una cafetería que se calificaba en la guía como la más moderna de Cuzco, Muse, pero había cambiado de localización. Nos indicaron dónde y allí nos dirigimos. Es el clásico local puesto  con cuatro duros pero con mucha gracia, con sus sofás de cuero, mesas bajas, rincón wifi y pequeño escenario para actuaciones en vivo (esta noche salsa cubana) y frecuentado por el turisteo bohemio. Sirven desayunos y cócteles, ensaladas y platos de pasta, cocina andina y deliciosos postres caseros. Clara se zampó un ají de gallina y yo una lasaña de verduras. Para terminar, un pastel de limón cubierto de merengue. ¡Qué maravilla! Regenta el restaurante una inglesa como de cincuenta años, rubia y estilosa, que ya ha abierto otro espacio similar en San Blas.
Una vuelta por la plaza de las Nazarenas, donde se encuentra el lujosísimo hotel Monasterio (de la compañía Orient Express) y un grupito de caras boutiques, para bajar a continuación  por la avenida del Sol, la principal de la ciudad donde se encuentra el Palacio de Justicia, la facultad de Derecho y Correos, hasta el enorme Centro Artesanal en el que nos entregamos al arte del regateo. Ahora descansamos en el hotel antes de cenar en el Cicciolina que, pese a su nombre picante, pasa por ser uno de los mejores restaurantes de Cuzco.  
Acabamos de volver de cenar. El restaurante es muy bonito, paredes pintadas de rojo oscuro, espejos, grandes óleos, cómodos canapés. La comida -de fusión-, exquisita: hemos compartido una conchitas de mariscos y Clara se ha tomado unas tagliatelle cuatro pimientas con pollo y no sé cuántas cosas más; yo, un arroz caldoso mar y montaña con mariscos y cuy. De postre, cacillo de mousse de chocolate con galletas. El café, impecable; el servicio, ejemplar. Lo más curioso de todo es que el nombre del restaurante se refiere a la célebre actriz porno (y ex diputada), cuya foto preside la barra del bar. Ante nuestra sorpresa por lo poco que pega que una señora de sus características se asocie a un establecimiento tan distinguido, la (guapa) camarera nos contesta que todo es una cuestión de marketing (?). 
Clara tomando energía en los bancales de Moray.

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