viernes, 13 de septiembre de 2013

En la medina

Bueno, pues ya estamos en Marrakech.
El viaje, como es habitual, empezó accidentado. Nada más pasar el control de pasaportes, Clara se da cuenta de que ha perdido su reloj. ¿Lo habrá dejado en la bandeja donde se depositan todos los objetos personales para pasar por el escáner? Si es así, de eso hace rato pues estuvimos entreteniéndonos en las tiendas del aeropuerto antes de ir al control. Para colmo, el policía del puesto es un chuloputas que seguro no la deja volver atrás. Por suerte,  otro poli lo hace y Clara ¡consigue recuperar su reloj!
El vuelo, bueno aunque apretados como es habitual en Vueling. A mi lado, un tío con aspecto compulsivo que no hace más que dibujar (no muy bien) muebles y objetos de decoración en un cuadernillo. Pero no da más molestia.
Al llegar a Marrakech, colas interminables para los pasaportes y mi maleta, tirada en un rincón.
Un estudiante muy simpático que trabaja como taxista en vacaciones y fines de semanas nos está esperando para llevarnos al hotel. Ante nuestra sorpresa, deja el coche en una esquina y seguimos a pie por un dédalo de callejuelas que nos sumergen en la atmósfera de una película colonial de los años 30.
El riad Malika -una recomendación de Mikel Iturriaga- tiene una decena de habitaciones y está estructurado en torno a dos patios, en uno de los cuales hay una diminuta piscina. Su decoración es marroquí pero con una colección de muebles vintage años 40 y 50 de lo más pintoresco. Entre los libros que componen la minibiblioteca de nuestra habitación está 'Stupeur et tremblements' de Amélie Nothomb.
En estos momentos acabamos de desayunar -novatada: no cambiamos la hora y nos hemos levantado una hora antes de lo previsto- de forma exquisita. En el aire flota un cierto perfume a incienso.
Clara rellenando la ficha de ingreso en recepción.

Nuestra habitación, la 9, en el Riad Malika.

Clara, muy satisfecha, en la habitación. Atención al televisor.

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