Hoy hemos visitado la 'ville nouvelle' situada fuera de la medina. Primero hemos ido a los imprescindibles jardines Majorelle que Yves Saint Laurent adquirió y rehabilitó para luego regalarlos a la ciudad. Antes de entrar en ellos echamos una ojeada a la tienda más bonita de Marrakech situada en la misma calle. Moderna y tradicional, tiene ropa de hombre, mujer y niños además de objetos de decoración y para el hogar. No hay nada feo en ella y es un placer curiosear en sus dos plantas.
Los jardines Majorelle son un delirio de belleza. Plantas tropicales entre puentes, kioscos y maceteros pintados de amarillo, naranja o azul Klein (antes cobalto), que ellos denominan azul Marjorelle, y un elegante memorial dedicado al modisto cuyas cenizas fueron esparcidas en ese jardín.
Además hay un pequeño pero exquisito museo dedicado al arte bereber -que incluye la colección particular de Saint Laurent sobre el mismo- que contiene una sala mágica -parece enorme gracias a una serie de espejos y al techo que simula un cielo estrellado cuando en realidad es bastante pequeña- con tocados y joyas de mujeres bereberes.Posee también una selecta librería y, ya en el exterior, una sofisticada boutique con ropa, bolsos y objetos marroquíes pasados por el tamiz del diseño y la elegancia parisina. Es la belleza llevada a la quintaesencia.
Tras recorrer una polvorienta avenida -Marrakech es, sobre todo, polvo y color tierra rojiza- hemos comido en un restaurante francés (para descansar un poco de aromas marroquíes) llamado L'Annexe, también con entrada vulgar pero sofisticado en su interior, donde me he zampado un exquisito tartare, cortado a cuchillo como es debido. Más tarde, recorrido por la supuesta calle de comercios elegantes (tan solo cuatro a destacar) y parada en un café/biblioteca con wifi donde se supone se reúne lo más granado de la clase literaria local. En esos momentos, sin embargo, tan solo lo frecuentaban un grupito de turistas y una pareja de chicas haciendo sus deberes.
Finalmente hemos visitado la parte como más limpia y juvenil de Marrakech -Zara, Stradivarius, Blanco y Mac Donald's entre los principales comercios- y vuelta al hotel bordeando las murallas de la medina antes de pasar por el hammam donde habíamos reservado hora.
Mi intención era visitar unos baños populares pero Clara, tras sacar la cabeza en uno de los recomendados por Lonely Planet, se negó en rotundo. Decidimos, pues, una versión más sofisticada en L' Héritage. Muy bien decorados y atendidos, pasamos a la sesión de 'gommage' correspondiente. Yo había preguntado, por la mañana, si era necesario traer un bañador o similar y me dijeron que no me preocupase que ellos nos lo darían todo. Craso error el hacerles caso. Me han dado un indescriptible tanga de papel (desechable) tan exiguo que todo desbordaba por todas partes y así vestido me he visto sometido a un enérgico lavado con jabón negro y exfoliado con guante de crin por parte de una rotunda dómina/ masajista. Me imagino que para que no hubiera equívocos en el sentido de que el 'gommage' pudiera parecerse a un masaje demasiado complaciente, la señora utilizaba una energía casi brutal en raspar mi cuerpo para suprimir de él cualquier atisbo de piel muerta. Bueno, una experiencia casi de sadomaso que apenas me hacía olvidar la vergüenza de aparecer vestido (?) de esa guisa ante una señora.
Tras el exfoliado, la calma, tomando un té a la menta con galletas echados en una sala confortable.
Hemos cenado en el riad. No soy muy de cuscús pero el que nos han servido esta noche es el mejor que he tomado en mi vida. A la vez aromático, refrescante, dulce y picante. Una auténtica maravilla que hemos acompañado de un rosado marroquí y que ha culminado un exquisito flan. Mañana será otro día.
Bedtime, que diría Carmen Lomana.
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| Clara en los Jardines Majorelle. |
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| Esto sí que es colorido. Jardines Majorelle. |


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