París siempre será París. Pese a los turistas, las espantosas tiendas de souvenirs y la escasa limpieza de sus lavabos, su maravilloso urbanismo y toda la literatura (y cine) que evocan sus calles y ambientes la convierten en una experiencia mágica. Menudo topicazo.
Empezamos el día con la magnífica y completísima exposición dedicada a Niki de Saint Phalle en el Grand Palais. Conocía sus célebres 'Nanas' pero ignoraba su (trágica) vida y otras etapas de su interesantísima obra. Una muestra indispensable.
Después hemos ido a l' Orangerie a la expo de Émile Bernard, un simbolista francés bastante desconocido y poco valorado, sin duda a causa de los giros de su pintura, influenciado (demasiado) por el entorno que le rodeaba. Junto a cuadros preciosos, como los de las bretonas, hay verdaderos espantos como los de temática religiosa, desnudos mitológicos y cuadros costumbristas. De todas maneras, la visita resulta interesante y permite, además, ver de nuevo, en el mismo mseo, las bellísimas 'nymphéas' de Monet y la colección de Jean Walter y Paul Guillaume que incluye piezas tan interesantes como 'La carreta del padre Junier', con su inquietante perro Marquis, sentado como uno más de la familia y unos dioramas de a casa de Paul Guillaume preciosos.
Paseando hasta la Madeleine, donde hemos cogido el metro hasta Montmartre, donde hemos comido quiche pizza y quesos en la panadería Le coquelicot, famosa por sus baguettes y cruasanes. Subida en funicular al Sacré Coeur y paseíto cuesta abajo hasta el Moulin Rouge.
Tras el preceptivo descanso en el hotel no hemos tenido más que cruzar la calle para cenar en Germain, un restaurante muy hypster, de decoración enloquecida, atractivas camareras y excelente carta. El ambiente muy moderno. Bed time...
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